UN SÁBADO CUALQUIERA

Realmente la exposición de Marta tenía un título inquietante, potente, de esos que echan para atrás: del sueño a la realidad. Anda y ve a por otra: casi nada. Pero ya no nos podíamos echar para atrás. Allá estábamos un grupo de mujeres considerable ante aquel taller inofensivo, pero solo en apariencia. Porque una, en su rumiar interior, muchas veces puede pensar, imaginar, tal vez soñar. Pero no, no. Atentas. Lo de Marta iba en serio. Un autor ya dijo aquello de que… piensa bien lo que quieres porque se puede cumplir; después hemos visto y oído hasta la saciedad historias de gente que ha llegado a la fama y no la ha podido gestionar, porque se ve que es más fácil gestionar un fracaso que un éxito; también se dice que luego está la presión de mantener ese éxito de por vida y el estrés que conlleva (me acuerdo ahora de la película Tierra de ángeles, que todo el mundo tendría que ver: trata de lo que representan la fama, el talento, los aplausos, y, por otro lado, la apretada agenda, la falta de espontaneidad, la vida cotidiana inexistente; …). Pero dejémonos de literatura y vayamos al grano: el taller de Marta. Ninguna tontería. Otro autor dijo que los que quieren que les toque la lotería, para no volver a trabajar en su vida, a veces son los mismos que un domingo por la tarde se aburren. Bueno, lo dijo con un poco más de gracia italiana (los italianos piensan siempre desde la estética, la velocidad, los coches). Dijo algo así como que los que desean un Ferrari, igual un día lo tienen y no saben dónde ir con él. Estas cosas ocurren. Pensar en tu casa o hablar envalentonada en un café todo el mundo lo ha hecho. Otra, bien distinta, es pasar a la acción. Y de eso iba el taller de Marta. Claro, poca broma cuando te manda que escribas cuál es tu sueño, que digas para qué te servirá en tu vida y si tienes lo necesario para lograrlo. Aquí entramos a saco y ya nada de parloteos, excusas, autocompasiones, aquellos «me gustaría» melancólicos mirando al cielo y anhelando quién sabe qué. Ahora, poca tontería. Coge una hoja y un bolígrafo, déjate de ensoñaciones pueriles. Ya ha pasado la época de nuestras abuelas que trabajaban a destajo o que eran amas de casa serviles, polivalentes y sin derecho (ni visos de ello) a opiniones y actuaciones autónomas. Estamos en pleno siglo XXI. Déjate de historias, déjate del cuento ese del hombre que me quiera para toda la vida y sea mi cojín emocional, déjate de milongas bobas y coge el bolígrafo y así, con un par de ovarios, pon eso que quieres tanto y tú lo sabes, eso que llevas dentro y quieres conseguir. La vida se hace con trozos de días cotidianos, tangibles, reales, no con cuentos y pájaros en la cabeza que crean un eterno zumbido tontorrón. Déjate de las mil ensoñaciones de las doncellas de los cuentos, déjate de fruslerías, de neurosis vanas creadas para no coger el toro por los cuernos. Apunta tu sueño con letra clara, atrévete luego a apuntar si tienes los recursos necesarios o los quieres tener para llevarlo a cabo y ya, el colmo del colmo, apunta la finalidad, o sea, de qué te va a servir en tu vida cumplir este sueño. Esta tercera pregunta tiene tela. Porque una cosa es tener el sueño y otra, mucho más honda y seria, es para qué quieres lo que se supone que quieres. Es un poco lo del hombre que quiere el Ferrari y luego no sabe dónde ir con él. Me lo pasé muy bien en el taller de Marta porque te ayuda a pensar en serio en el qué, el cómo, el para qué. Yo escuchaba el tono amable y determinante de Marta y luego miraba a todas mis compañeras. Podía ver en algunos rostros las expresiones de lo que rumiaban: ¿me atreveré?; joder con el cuento del soñar para la acción; aquí hay que arremangarse; esta no nos está hablando porque sí; a ver si realmente quiero tal cosa o si me interesa más no conseguirlo (porque se van a mover todas las fichas). No, no. Nos habíamos apuntado y habíamos dejado en el umbral de la puerta el clásico refrán más vale malo conocido que bueno por conocer. El taller era valiente, Marta era clara y perseverante; Ahora solo queda ponerse en ACCIÓN!

Carmen Hedo